La Empresa somos todos

La Empresa somos todos

Llevo más de quince años trabajando para organizaciones de muchas partes del planeta, les confieso que es un área de lo que hago que me ha enriquecido mucho, y que cada día, me proporciona nuevos elementos, sobre todo para mi área terapéutica. Al principio, me afanaba poniéndome al día, estudiando todo lo que hombres de alta talla empresarial apuntaban acerca del manejo productivo y benéfico de una organización, principios y más principios, términos y más términos acuñé, para elaborar impecables y técnicos planes de abordaje. Hoy, gracias a Dios, me he liberado de esto, sin desdeñar los conocimientos básicos de organización, focalización, trabajo en equipo y productividad, me dedico a sentir la organización, a observar las finas venas que, en el ajetreo y la dinámica, nadie escucha, ni ve, a recordarle a los gerentes que a veces un: -“¿Cómo te sientes?”, puede marcar la mayor diferencia en los vínculos reales entre eso material, intangible y sus componentes humanos.

El problema, consiste en ver a una organización como una caja cerrada, llena de gente adentro, con la ilusión, de que si seguimos todos un manual de instrucciones, seguro obtendremos los resultados esperados. Una organización, es una escalera jerárquica de seres respirando, sintiendo, produciendo a distintos niveles, y en distintas visiones del mundo, pero con una cualidad que los une innegablemente: Sienten. Por eso, todos, desde el que toma las grandes decisiones, hasta el que barre y coletea un área, padecen, les duele la vida, tienen días mejores que otros, y seguro, por aquello del viejo y absurdo enunciado: “Dejar los problemas afuera del trabajo”, luchan dentro de sí por separarse, sin lograrlo nunca.

Un empleado, es un ser humano, cualquiera sea su nivel, y con sus propulsores internos, va a: atender el teléfono, vender un repuesto, atender al cliente que entró, o resolver los problemas y emergencias que se suscitan a cada instante, y les aseguro, que su currículum académico , poco va a influenciar en que lo haga con más o menos pasión; en que piense en el interés de la organización, en que deje de competir y comience a colaborar, en que se detenga en el grito silente de un excelente empleado que tiene meses con muy poco rendimiento, o que decida botarlo porque entorpece el rendimiento de su departamento.

Un ser humano, una familia, una organización, son lo mismo, y requieren de los mismos remedios, aplicados en dosis diferentes, quizás por mecanismos distintos, pero no podemos pensar que un ser humano es radicalmente distinto a la empresa, porque allí caeríamos en lo que vemos a diario, una generalizada falta de entusiasmo, siendo éste, el aditamento necesario para que el crecimiento, la productividad, los cambios, los procesos, puedan realizarse en los términos más humanos y sensibles.

Para concluir, yo no sé mucho, pero es importante que de todo este periplo, manejo una máxima que no me ha fallado: Una organización es cien por ciento productiva, cuando el cien por ciento de sus componentes sientan un cien por ciento de entusiasmo.

Los quiero, hasta la próxima sonrisa.
Carlos Fraga

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