Cuando nos salimos de nosotros

Cuando nos salimos de nosotros

En esta necesidad casi compulsiva de tener una “Vida light”, llámese una vida donde no pase nada y que, ante lo poco que pase, haya alguien o algo que lo solucione de inmediato, vamos perdiendo la capacidad, muy sana por cierto, de enfrentar, vivir, arrodillarnos y pasar por esas situaciones que terminan siendo maestras y que permiten que evaluemos, crezcamos y nos hagamos realmente adultos, dueños de quien somos y de lo que hemos logrado trasformar en nosotros. Tarea ésta muy difícil ante jugar al que todo está bien, o que todo lo disfrazo rápidamente de bien, perfecto y adecuado.

María José tenía ya tiempo en consulta, llegó con un problema con su madre, de resentimiento e irritabilidad; y como esto es un viaje, se quedó en el barco, tocando puertos, surcando mares y muchas veces sintiendo “Y para qué vengo yo aquí a enredarme la vida”. Así, le comentan sus amigas que la vida es una sola, que para qué tanto razonamiento, que hasta tonta se ha vuelto, que ahora está aguevonicotizada con las cosas de ese Fraga. Ella, por su parte, le ha tomado gusto a eso de crecer y su proceso lo va llevando muy desde su interior. Hace poco llegó a la consulta un poco perturbada, era un día antes de su viaje a New York con su novio que adora, y con su hermana que iba a ver a su esposo que hace cuatro meses trasladaron a la Gran Manzana. Al verla, me extrañó esa cara cuando está a punto de cumplir un sueño que lleva meses acariciando; le pregunto a qué se debe su perturbación y me cuenta:

“Imagínate, mi novio tiene a su mamá con un problema de ACV y su única hermana, quien la cuida, ayer le diagnosticaron lechina y, por supuesto, reposo. Ahora necesitan quien las cuide, por lo tanto, mi novio decidió que no iba, y yo lo entendí”. Respiró hondo y concluyó: “Pero no, me voy y la voy a pasar bomba, basta de perturbación”.

Me le quedé mirando y esas palabras salían de donde siempre salen: de la tapa de la barriga. Me le quedé mirando en silencio y ella no aguantó, rompió a llorar, y hablaba de las tonterías de siempre; que si se saboteó, que por qué a ella, etc. La dejé llorar y sólo le hice una pregunta: -“¿Y dónde vas a meter tu decepción, tu tristeza, tu sensación de frustración?”. Se hizo un silencio reflexivo, y continué: “María, en momentos como estos, es cuando debes escucharte, es legítimo y válido sentir lo que sientes; y vete, estoy de acuerdo, y deja que te suceda la vida, pero si no, a dónde crees que van esas lágrimas y todas esas sensaciones, a minar tu cuerpo, y seguramente al llegar te da una tronco de gripe, para que termines diciendo algo como que te saboteas cada rato o alguna sandez por el estilo, ¿Te mereces esto?”.

Así, el caso de mi paciente nos habla de cómo los problemas nos sacan de nosotros, cuando su misión es meternos, es revisarnos, ser gentiles. Un problema es para vivirlo, para detenernos, mirar hacia abajo, hacia los lados y en esa pausa, cobijarnos, drenar y, por último, tomar decisiones para solucionarlos. Cuando nos saltamos el primer paso, regresan, para ver si lo aprendimos.

Hasta la próxima sonrisa.
Carlos Fraga

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