Hablemos de la soledad (II)

Hablemos de la soledad (II)

Continuemos en este tema central para nuestras vidas hoy. Sin duda, el problema de la vida no es lo que nos suceda, sino el cómo lo vivamos y qué hagamos con ello. Así la soledad, si bien es patrimonio de todos, no todos la vivimos igual.

El problema comienza cuando la percibimos como un dolor de cabeza o de muelas y, por supuesto, la atacamos como tal, hacia fuera. Ahí es cuando evadimos, peleamos o sublimamos, y cualquiera de los tres, más que caminos, constituyen atajos que van engordando al tan temido monstruo, convirtiéndolo en un verdadero enemigo, bloqueando así lo más fértil, creativo, productivo y regenerador que la soledad, en su parte lumínica, trae.

Recordemos que todo, absolutamente todo, guarda, al igual que nosotros, una parte oscura, y un área lumínica, el hecho de saberlo, quizás despierte en nosotros la posibilidad de explorar; deteniéndonos, sintiendo y dejando que ella se exprese desde nosotros.

El camino que recomiendo, si me lo permiten, no es otro que el sentir la soledad como algo interno, propio, y como tal, es en mi relación conmigo por donde el sendero comienza. Si hiciéramos una metáfora de un péndulo que se mueve así: “de mi relación conmigo a mi relación contigo”; cuando este péndulo se detiene, es cuando estamos en soledad, y la única forma de ponerlo a moverse es desde mi relación conmigo. Por allí comienza todo, y entiendo que no es fácil, pero es necesario detenerse, sentir y aprender a leer lo que la soledad viene a decirnos, hay todo un discurso importantísimo en ella. De allí que la meditación, la oración, la contemplación, etc., sean procesos que se realizan en soledad, quizás porque a través de ella se expresa el mismo Dios en nosotros.

Mi mejor deseo es que la soledad fuera un tema para nosotros, un espacio de permanente trabajo, porque ella nos acompañará siempre.

Cuando la evadimos entramos en ansiedad y allí: compramos, nos aturdimos y deseamos cosas o seres desesperadamente. Cuando la sublimamos: argumentamos, nos volvemos neuróticos con las cosas pensando cosas como éstas: “mejor solo que mal acompañado” o “cuando otros me ayudan, termino trabajando el doble”. Y cuando la padecemos, dejamos que ella sea dueña de nosotros, sintiéndola como algo que nos agrede de afuera, tratando de disuadirla con pastillas, esperanzas, y todo lo que el amplio mercado para solos nos tiene guardado. Los tres son atajos que nos causan mucha erosión.

Hasta la próxima sonrisa.
Carlos Fraga

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