Vivir en este hotel llamado Venezuela (I)

Vivir en este hotel llamado Venezuela (I)

En esta pasada navidad, me dediqué a releer textos de José Ignacio Cabrujas, venezolano de gran sensibilidad, sabiduría y conexión con este complejo arte de “ser venezolano”. Yoyiana Ahumada, publicó en el 2009 una recopilación de textos del maestro, en un recomendable libro llamado EL MUNDO SEGÚN CABRUJAS.

Cabrujas interpreta deliciosa, y a veces dramáticamente nuestro quehacer histórico y político con una pluma exquisita y una riqueza de imágenes que nos siembra necesariamente en cualquier esquina de Catia, y nos hace asomarnos a una Venezuela que quizás nos pasó inadvertida pero que sufrieron, sufrimos y seguiremos sufriendo los que la habitamos.

Entre las muchas interpretaciones del maestro, como le llamábamos todos, a pesar de su resistencia a ello, fue la de “la provisionalidad” como égida de todo lo que hacemos, y como forma permanente de sentir y vivir un espacio llamado, en este caso, Venezuela.

Dada la ironía histórica que nos está tocando vivir e interpretar en estos tiempos políticos, me he tomado la licencia de robarle a Cabrujas una de sus metáforas cuando dice que nosotros, como venezolanos, vivimos al país como un gran hotel, donde nos alojamos desde que nacimos pero, como buenos huéspedes que pagamos por estar allí, y dada la provisionalidad que representa en espíritu y cuerpo un hotel, esa realidad, somos incapaces de interpretarla, y menos de transformarla, por aquello de que cuando usted o yo, nos hospedamos en un Marriots, un Meliá, etc., y perdónenme las cinco estrellas, lo vivimos como tal.

Imaginémonos que nos hospedamos en uno de estos inmuebles majestuosos, con olor a nuevo, gente a nuestro servicio, y jaboncitos bellamente empaquetados; si viera usted en el pasillo hacia su habitación un reguero de latas, desperdicios malolientes y basura ¿qué haría? Seguramente lo que corresponde, pasarle por al lado para no contagiarse, llegar a su habitación y comentarles a quienes co-habitan con nosotros, el desastre que hemos presenciado, lo cual haría que alguno de los co-habitantes diga: -“Deja eso así, es que la gente es muy cochina”. Otro que estaba en el baño gritará: “¿Qué? Eso es inconcebible, con el dineral que se paga aquí, ya ni se puede vivir, deja que me vista y ¡Me van a oir!” A lo que otro que se toma una cerveza frente al televisor dirá:- “Deja eso así, no se estén buscando problemas, acuérdense que aquí nos dan un descuentazo”. Y el que más sensibilidad social tiene, que acaba de salir, porque estaba leyendo las noticias dirá con una convicción de Ramos Allup: -“Eso no se puede permitir, mañana bajo a la gerencia y van a saber quién soy yo, porque eso tiene que ver con las ofertas vacacionales que lo que hacen es llenar de chusma este hotel tan selecto”. Y por último, la abuela que estaba rezándole a las ánimas, y sale por el alboroto, al percatarse dice en tono de rezo: -“Ay mi Dios, cuando mi General, esto no era pensable, ¡Esto se lo llevó quien lo trajo!”

Si esto nos suena familiar en nuestros condominios, municipios, comunidades, familias, etc.; entendamos entonces que nuestra capacidad de reflexión sentida, de transformación, y de pertenencia activa, sencillamente permanece debajo de las alfombras vetustas que decoran los espacios de nuestro majestuoso hotel donde realmente habitamos, tomando ante nuestra realidad golpeante y dramática, la única actitud que entendemos, sentimos y para la que fuimos educados: la del huésped. Seguiremos en este tema.

Hasta la próxima sonrisa.
Carlos Fraga

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